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    Wednesday 11/12/2019
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Castillo de Arévalo: Historia del Castillo

Recordar la historia de este castillo supone viajar a lo largo de más de 600 años por la historia de España. Baluarte defensivo del siglo XV, sus muros y estancias sirvieron largos años como residencia de nobles, prisión e incluso cementerio. Abocado al olvido, su destino cambiaría radicalmente cuando en 1952 se decidió instalar en el recinto un granero para el Servicio Nacional del Trigo, que permaneció en funcionamiento hasta 1977. Desde entonces, la vinculación del edificio con la Administración ha hecho posible su rehabilitación y consolidación, otorgándole nuevas funciones como museo de cereales, centro de reuniones y, actualmente, como centro expositivo.

El conjunto arquitectónico
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Edificado a mediados del siglo XV por orden de Don Álvaro de Zúñiga, Duque de Arévalo, la fortificación se levantó sobre los restos de una puerta del recinto amurallado de la villa de Arévalo del siglo XII. Su importancia arquitectónica se encuentra en su avanzado diseño, considerado modelo de transición entre los castillos medievales y las fortalezas defensivas de siglos posteriores.

Posiblemente se trata de la primera estructura de Castilla de estilo mudéjar reconocible como tal por su planta pentagonal irregular, similar a una punta de flecha o baluarte. En su estructura destaca el tamaño de las cañoneras, del que no existe ejemplo alguno en otro lugar de España antes de finales del siglo XV, el matacán falso corrido sobre la cornisa decorada con arquillos apuntados, la gran cantidad de huecos en las paredes para defensa y las impresionante troneras rasantes de las almenas.

Durante las excavaciones realizadas en la primera década del siglo XXI en los terrenos anexos al edificio, se documentó la existencia de importantes restos arqueológicos: una barrera artillera, un baluarte y un antiguo foso que protegían la entrada en la parte que daba al pueblo.

La villa de Arévalo
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Entre los siglos XIV y XVI, la villa medieval de Arévalo fue elegida por reyes y nobles como morada o centro de negociaciones. Amurallada y estratégicamente protegida por los fosos naturales de sus ríos, ofrecía gran seguridad. En este periodo tuvieron lugar las décadas más notables de su historia, convirtiéndose en una de las villas más importantes de Castilla y un destacado foco económico, urbano y de población.

Uno de estos nobles, el rey Juan II de Castilla incluyó en su testamento la villa de Arévalo. Fallecido en 1454, nombró heredero universal de todos sus reinos, tierras y señoríos a su primogénito Enrique, nacido de su primer matrimonio con María de Aragón, pero incluyó cláusulas confirmando expresamente la posesión de la villa de Arévalo y sus tierras por parte de la reina viuda Isabel de Portugal, con la que contrajo nupcias en 1447 y de cuya unión nacieron los infantes Isabel y Alfonso.

Los problemas de sucesión surgidos entre los partidarios del rey Enrique IV y los de su hermanastro Alfonso desencadenaron una guerra civil. Los arevalenses se posicionaron de parte del infante, que sería proclamado rey en 1465 a la edad de once años. Arévalo se convirtió por un tiempo breve en residencia y sede de la corte del joven rey Alfonso, al amparo de su madre y apoyado por los propios arevalenses y por un gran número de nobles, como el adelantado Juan de Padilla y el Obispo de Burgos, Luis de Acuña.

Durante su breve reinado, Alfonso otorgó a la villa de Arévalo la concesión de dos ferias francas. En época medieval, la celebración de estas ferias comerciales congregaba a numerosos mercaderes con el fin de establecer tratos comerciales. Las ferias francas se celebrarían en Arévalo durante veinte días a finales de primavera y verano, estipulándose que la de primavera fuera realizada ante las puertas del palacio de la reina Isabel de Portugal, madre de Alfonso. Esta concesión, que serviría para reactivar la economía y el comercio de la localidad, fue ratificada por su hermana Isabel I de Castilla, en 1483, siendo ya reina.

Tras la muerte del monarca en 1468, Enrique IV arrebató la propiedad de Arévalo a su madrastra, Isabel de Portugal, como represalia hacia la villa que se mantuvo fiel a Alfonso, y la concedió a Álvaro de Zúñiga quien recibió el Ducado de Arévalo en 1469.

Isabel y el castillo de Arévalo
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La historia de esta villa está íntimamente unida a los años de infancia y juventud de Isabel de Trastámara, futura reina de Castilla, conocida como Isabel La Católica. Mujer de extraordinaria personalidad y adelantada a su tiempo, tomó decisiones claves para la historia de España, alcanzando un poder hasta entonces destinado sólo a los hombres.

Isabel residió en esta villa desde 1454 hasta 1461, enviada junto con su madre y su hermano el infante Alfonso, tras la muerte de su padre, por orden de su hermanastro el rey Enrique IV. Su residencia en el desaparecido Palacio de la Plaza del Real, se localizaba junto a la Puerta de Alcocer en la actual plaza del Ayuntamiento. Isabel recibió una esmerada educación, austera y sencilla, en un ambiente familiar bajo la tutela de su abuela Isabel de Barcelos. Su formación religiosa estuvo fomentada por una especial relación con los franciscanos arevalenses y su devoción por la Virgen de las Angustias, patrona de Arévalo y su Tierra.

En 1461, Isabel y Alfonso, fueron obligados a vivir en la corte, en Segovia, alejados de su madre enferma que continuaría residiendo en Arévalo. Posteriormente, serían frecuentes las visitas de Isabel a Alfonso que, tras ser proclamado rey eligió la villa como centro de operaciones. Tras el fallecimiento de éste, Isabel residiría en Ocaña en estrecho contacto con la corte, como Princesa de Asturias y heredera a la Corona, pero volvería repetidamente para visitar a su madre quien permaneció en Arévalo hasta el fin de sus días.

Isabel mostró su firme oposición cuando Enrique IV cedió la villa de Arévalo y su tierra a Don Álvaro de Zúñiga, en 1469, nombrándole Duque de Arévalo, y no cesó en el empeño de recuperar el señorío de la villa de Arévalo, población por la que sentía un especial apego, nombrándola en numerosas ocasiones como “la mi villa de Arévalo”.

Cuando en 1475 estalló la Guerra de Sucesión Castellana entre los partidarios de Isabel y los de su sobrina Juana, el Duque de Arévalo negó obediencia a la Reina y junto con otros cortesanos influyentes seguidores de “la Beltraneja” se levantaron en armas. En 1476, al decantarse las batallas a favor de Isabel y su esposo Fernando, el hijo del Duque, Pedro de Zúñiga, solicitó el perdón para su padre. Isabel inició entonces las negociaciones que culminarían en 1480 con la renuncia de los duques a todos los derechos sobre la villa de Arévalo en favor de la corona real, disponiendo la Reina que “en tiempo alguno de dicha villa pudiera ser enajenada, ni apartada, ni quitada de su corona real, por causa alguna”. Entre las posesiones recibidas por Isabel y Fernando se encontraba este castillo de Arévalo, cuya edificación es atribuida a Don Álvaro y su esposa, Doña Leonor de Pimentel, durante su periodo como Duques de Arévalo.

Finalizada la contienda por la sucesión y recuperada la villa de Arévalo para la Corona, Isabel y Fernando desplazaron el centro de las acciones políticas y guerreras al reino de Granada, siendo escasas las estancias reales en Arévalo. Durante una de las visitas a la madre de la Reina, en 1494, tuvo lugar la ratificación del Tratado de Tordesillas, iniciándose las capitulaciones para la boda de la princesa Juana con Felipe El Hermoso. La última estancia de los reyes en la villa se produjo en 1495, un año antes del fallecimiento de Isabel de Portugal.

En manos de los Reyes Católicos, comenzó un largo periodo de cambios para el edificio del castillo que asumiría muy diversas funciones en épocas sucesivas. El rey Fernando acometió importantes reformas con el fin de potenciar el carácter de fortaleza del recinto. Tras su fallecimiento en 1516, el castillo fue convertido en prisión real y por sus celdas pasaron nobles y personajes ilustres de la talla de don Fadrique Enríquez, el marqués de Ariza, el Príncipe Guillermo de Orange y el Duque de Osuna. La prisión permaneció en uso hasta finales del siglo XVII.

Las guerras de Sucesión y de Independencia supusieron una dura etapa para el castillo pues sufrió el saqueo y la eliminación de sus defensas hasta quedar convertido en una ruina. Ya abandonado, sirvió de cementerio hasta 1896, y a principios del siglo XX, se convirtió en cantera de piedra para las construcciones locales. Todo ello acarreó importantes daños en las estructuras históricas del interior del edificio.

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